martes, 8 de agosto de 2017

EL ENIGMA INTRATERRESTRE

Son numerosas las leyendas fundacionales de diversos pueblos repartidos por todo el mundo que aluden a la existencia de seres de enorme sabiduría procedentes del interior de la Tierra. Aparentemente sólo se trata de relatos legendarios, pero lo cierto es que algunos científicos defendieron la existencia de un mundo intraterrestre basándose en estudios objetivos y, por otro lado, fueron varios los aventureros y expedicionarios que relataron encuentros con los habitantes de esa civilización que habitaría bajo Tierra.
La arriesgada y polémica teoría de la Tierra hueca contradice los resultados obtenidos mediante  modernas técnicas, que permiten medir las ondas sísmicas provocadas por las capas magmáticas en continuo movimiento. A mayor profundidad que las placas continentales existe un núcleo de hierro fundido que gira a toda velocidad, generando el campo magnético terrestre y evitando el colapso gravitatorio del planeta. Hasta aquí la teoría oficial, irrebatible según los geólogos ortodoxos. Sin embargo, a lo largo de la historia han existido abundantes voces disonantes: estudiosos y científicos que defendían la realidad de una gigantesca oquedad en el interior de nuestro planeta.
En las últimas décadas, investigaciones en torno a la Luna aportaron argumentos a los defensores de la Tierra hueca, pues los datos obtenidos de las vibraciones que registran los sensores de los láseres instalados en nuestro satélite, sugieren que cuando un meteorito impacta contra su superficie, ésta vibra como una campana durante varios minutos. Esto no encaja con la visión de una esfera formada por capas de material volcánico enfriado y solidificado tras el paso de millones de años. Tampoco explica algunas de las anomalías magnéticas que se han descubierto en torno a nuestro solitario vecino. ¿Acaso la Luna es hueca como una pelota de ping-pong? ¿Podría ocurrir lo mismo con la Tierra? ¿Están errados los cálculos que los científicos dan por buenos para rechazar la posibilidad del mundo intraterrestre?

ANTIGUOS MITOS
Relatos legendarios que se pierden en la noche de los tiempos aluden a la existencia de un mundo subterráneo en las profundidades de nuestro planeta. Una de las primeras referencias la encontramos en la fabulosa epopeya de Gilgamesh –escrita hace unos 4.500 años–, concretamente en la duodécima tablilla que conforma el relato, hallada en la ciudad de Nínive, capital del imperio neo-asirio y la ciudad más grande del mundo 2.500 años atrás. Tanto en ésta como en la tablilla que relata el descenso de la diosa Ishtar al Inframundo, hacen su aparición fascinantes criaturas relacionadas con un imperio que se había desarrollado bajo la corteza terrestre.
Ese mismo Inframundo se menciona en la mitología de la antigua Grecia, donde el dios Hades  se muestra como señor de una tierra más allá de los límites exteriores del mar, un mundo interior repleto de cavernas, similar al Svartálfaheim de las tradiciones nórdicas y a la ciudad perdida de Shambala, según la creencia de los monjes tibetanos. En la tradición andina también encontramos la historia de una montaña, dentro de la cual existía un jardín subterráneo cuyo emplazamiento pocos conocían. En la mitología céltica es muy conocida la leyenda de Cruachan, también conocida como la de la «puerta del infierno», un emplazamiento relacionado con extrañas criaturas que son capaces de emerger hasta la superficie de la tierra.
Continuando nuestro periplo legendario, «alcanzamos» ahora un relato hindú, según el cual los ancestros de los Angamei Naga emergieron de una tierra subterránea. Del mismo modo, en Papúa Nueva Guinea nos encontramos la leyenda ancestral de los pueblos de las Islas Trobriand, cuyos primeros moradores habían salido a la superficie tras abandonar una cueva sagrada llamada Obukula, parecida a otra situada a unos siete kilómetros al sur de Ojinaga (México), de la cual también emergieron criaturas de horrible aspecto según el folclore de este país americano.
Los mitos germánicos apuntan a que las montañas de Eisenach y Gota son un portal a ese mundo interior, y en Rusia nos topamos con la leyenda de los samoyed, una tribu siberiana que habría entrado en contacto con una supuesta civilización que viviría en el interior de nuestro mundo.
Los ancianos del pueblo mandan, en el río Misisipi-Misuri, también cuentan una historia muy parecida, ocurrida cerca de Cedar Creek, en la reserva india de San Carlos. Los iroqueses, los hopi y los herederos de los territorios del Gran Cañón del Colorado también conservan mitos alusivos a la existencia de entradas hacia ese Inframundo.
En Brasil, en los relatos tradicionales de los pueblos que se asientan a lo largo del río Parima, e incluso en las leyendas fundacionales de la ciudad de Cuzco, existen abundantes menciones a seres intraterrestres que habrían conseguido llegar a la superficie, relacionándose con los seres humanos. En resumen, historias más que similares que se repiten a lo largo de diferentes espacios geográficos y temporales. Como cualquier relato legendario, éstas también poseen un poso de verdad, aunque quizá parezca muy atrevido apuntar a la existencia de un mundo intraterrestre basándonos sólo en leyendas. O no…
TEORÍAS CIENTÍFICAS
Dejemos ahora atrás estas bellas historias y centrémonos en el mundo de la ciencia. No caben dudas respecto a lo poco que conocemos sobre el interior de nuestro planeta. Apenas se ha perforado en el famoso Pozo de Kola, en Siberia (Rusia), un 0.1% del diámetro terrestre, es decir, 12.262 metros. De todos modos, los estudios sobre la deriva de los continentes y los análisis de los sismos que se producen cada día en todo el planeta, han permitido determinar un plano seccional de la Tierra, en donde no hay espacio para intraterrestres. Se conoce que el polo magnético y el polo geográfico no comparten el mismo espacio y, de hecho, van cambiando con el paso del tiempo. Curiosamente, este argumento fue el esgrimido en el año 1692 por el científico y astrónomo Edmund Halley, descubridor del cometa del mismo nombre, para defender que la Tierra no podía ser otra cosa que una esfera hueca, similar a una muñeca rusa con unas esferas dentro de otras.
En un artículo publicado en Philosophical Transactions, de la Royal Society de Londres, el astrónomo propuso la idea de que la Tierra estaba formada por una cubierta hueca con dos capas concéntricas alrededor de un núcleo interno. Según Halley, esas esferas rotarían a diferentes velocidades, lo que explicaría las anomalías magnéticas presentes en los polos, incluyendo además la posibilidad de que existieran dos entradas polares al norte y al sur del planeta, desde donde emanarían posibles gases de ese mundo interior, que serían los causantes de algunas auroras boreales. Este modelo sería complementario con las auroras causadas por las eyecciones de masa coronal del Sol al entrar en contacto con la magnetosfera.
Un modelo arriesgado el de Halley, pero que está basado en datos recopilados por el autor de la Teoría de la Gravedad Universal, Sir Isaac Newton, en su obra Principia (1697), en la cual exponía la relación entre la densidad de la Tierra y la Luna. Newton expuso en su teoría que cualquier planeta tiende a agruparse gravitacionalmente, conformando cuerpos esféricos y compactos para lograr un equilibrio hidrostático con una energía potencial gravitatoria reducida al mínimo. Esto quiere decir que en un imaginario planeta hueco, la fuerza gravitatoria total sería nula y, por tanto, sus supuestos habitantes flotarían en gravedad cero a menos que se agarraran al terreno de alguna manera. Malas condiciones para la vida intraterrena, podríamos pensar… A no ser que un fluido existente entre esas esferas generara su propio campo gravitatorio.
UN ENORME SOL INTERNO
El prestigioso matemático Leonhard Euler propuso en su obra Mas allá de las tierras un modelo de esferas concéntricas en donde un sol interior de 997,79 kilómetros proporcionaría luz a una supuesta civilización interior altamente avanzada. En su libro Elementos de la Filosofía Natural (1829), el científico Sir John Leslie expandió la idea de Euler, sugiriendo dos soles centrales en rotación a los que llamó Plutón y Proserpina. La controversia estaba servida, porque en aquellos momentos todavía se debatía sobre los descubrimientos de varios expedicionarios que afirmaban haber encontrado las pruebas definitivas que corrobora rían la existencia de esa tierra hueca.
Mientras los científicos discutían, nadie tenía explicación ante lo que narraban diferentes aventureros en relación a la Tierra hueca.
En 1781, el explorador de origen francés Jean Antoine Leclerc de Milfort lideró una expedición formada por cientos de indios del pueblo Creek, aventurándose por una serie de cavernas situadas muy cerca de la desembocadura del río Rojo, uno de los principales afluentes del Misisipi. Leclerc conocía las leyendas según las cuales los ancestros de los habitantes de ese territorio habían surgido de unas cuevas en un pasado remoto. Al explorar todo el complejo, Milfort se maravilló al encontrarse con una estructura subterránea similar a las que jalonan la Capadocia (Turquía), la cual tenía capacidad para albergar a unas 20.000 familias. ¿Tendrían esas oquedades conexión con ese supuesto mundo interior o simplemente se habían construido con la intención de protegerse contra una amenaza existente en la superficie?
EXPEDICIONES Y DESCUBRIMIENTOS
Prácticamente en las mismas fechas que Milfort organizaba aquel mítico viaje, en Nueva Jersey nacía John Cleves Symmes, que llegaría a oficial de la Marina de EE UU y que revolucionó el mundo científico de aquel entonces al afirmar que el centro del planeta estaba ocupado por una especie de concha que medía 1.250 kilómetros de espesor, a la que se podía acceder a través de unas aberturas en los polos. En el modelo de Cleves Symmes, la Tierra estaba formada por cuatro esferas habitadas y separadas por un fluido elástico que sería el responsable tanto de la gravedad como de la deriva de los continentes.
Symmes falleció en mayo de 1829, pero uno de sus seguidores, James McBride, un millonario de Miami, retomó sus estudios y llegó a realizar una petición oficial al Congreso de EE UU para que el Gobierno investigase si verdaderamente la Tierra estaba hueca. En la votación el no ganó por poco, e incluso el propio presidente Martin Van Buren tuvo que mediar en el asunto.
McBride no lo consiguió, pero décadas después el investigador William Reed, en su libro El fantasma de los polos, volvía a sacar el tema a la palestra, formulando la hipótesis de la existencia de unas supuestas entradas en el Polo Norte y en el Sur, que darían paso a amplios continentes, océanos, montañas y ríos donde la vida vegetal y animal serían una realidad. El científico Marshall B. Gardner habría llegado a las mismas conclusiones que Reed seis años después, tal como publicó en su obra ¿Se descubrieron realmente los polos?, en la cual aborda la misma hipótesis con datos similares. Lo curioso es que Gardner no conocía los datos que manejaba Reed.
TIERRAS PERDIDAS AL NORTE DEL PLANETA
Otro autor que hizo soñar a muchos en la realidad de un mundo intraterreno fue Willis George Emerson, quien en su libro El Dios Humeante (1908) narra la aventura que vivieron Olaf Jansen y su hijo, quienes navegando en un pequeño bote de pesca intentaron encontrar la «tierra que va más allá del Viento del Norte», tal como se describía a un ignoto territorio en las antiguas leyendas escandinavas.
Una tormenta de viento los habría llevado directamente a una de esas supuestas aberturas polares, en donde habrían podido contemplar el interior de la Tierra hueca. Según Jansen, allí permanecieron seis años y, durante ese tiempo, fueron testigos de un mundo de proporciones colosales en el que vivían intraterrestres de gran tamaño y una fauna y flora exuberante. El padre murió en el viaje de vuelta, pero el hijo, que logró sobrevivir, acabó emigrando a EE UU, donde conoció a Willis George Emerson, a quien contó la historia y entregó documentación gráfica que avalaría su controvertida y apasionante experiencia. También el escritor Vilhjalmur Stefansson narra en su libro Misterios sin resolver en el Ártico, que el 12 de agosto de 1937 un avión de pasajeros de cuatro motores que despegó desde Moscú con destino a Fairbanks, en Alaska, con una tripulación de seis experimentados pilotos, se perdió al encontrarse con unas condiciones climatológicas adversas tras cruzar el Polo Norte. En las comunicaciones, antes de perderse toda pista de la aeronave, los pilotos expusieron que habían logrado aterrizar en un territorio desconocido.
LA INCREÍBLE AVENTURA DEL ALMIRANTE BYRD
Eso sí, para controversia la expedición comandada por el almirante Richard Evelyn Byrd, que obtuvo múltiples condecoraciones del Ejército estadounidense y se hizo muy popular por sus audaces vuelos sobre la Antártida, que permitieron conocer mejor la configuración geográfica del continente helado. Byrd no era hombre de medias tintas: registraba minuciosamente todos y cada uno de sus movimientos, siempre acataba las órdenes y tenía fama de exponer los hechos de forma totalmente objetiva, sin espacio para las fantasías ni la literatura.
El 19 de febrero de 1947, cuando sobrevolaba una inmensa llanura del Polo Sur, observó desde su avioneta unas extrañas extensiones de hielo y nieve que nunca había visto antes.
Tenían coloraciones amarillas con dibujos lineales. Tras esta primera visión, decidió alterar su ruta para hacer un mejor examen de estas configuraciones. Durante el nuevo trayecto, la aguja giroscópica de su brújula magnética comenzó a oscilar y a girar a toda velocidad, de modo que no tuvo más remedio que orientarse teniendo en cuenta la posición del Sol. A pesar de todo, el piloto y aventurero decidió continuar con sus planes.
Transcurridos 29 minutos de ese primer avistamiento de los montículos coloreados, Byrd observó algo imposible: una cadena de montañas, un pequeño valle y un río que transcurría hasta la parte central del sorprendente entramado geológico; paisaje que nunca había contemplado anteriormente. Ante sus ojos se presentaba una vegetación exuberante en pleno Polo Sur. Byrd siguió sobrevolando ese paraíso en medio de los hielos, registrando todos los detalles en su diario de navegación: a la izquierda, grandes bosques en las laderas de las montañas, y a la derecha, un extraño tipo de animal que le recordaba a un mamut, moviéndose entre la espesa vegetación, y todo ello bañado por una luz crepuscular cuyo origen desconocía, porque había perdido la referencia del astro rey. Mientras tanto, su brújula seguía girando a una increíble velocidad y la temperatura exterior era de unos 25 grados bajo cero. A lo lejos incluso divisó lo que semejaba una ciudad. Una experiencia imposible que Byrd sólo habría confesado a sus más allegados.
Según algunas fuentes, habría sido obligado a guardar silencio por las autoridades militares sobre lo que ocurrió a continuación, pues Byrd habría narrado a ciertas personas que aterrizó en ese extraño territorio y allí mantuvo una conversación con seres que se identificaron como intraterrestres, quienes le advirtieron sobre los peligros que conllevaban las armas nucleares.
IMÁGENES DE LA NASA
Al parecer, Byrd comunicó lo ocurrido al Pentágono, cuyos mandos acabarían informando de ello al presidente Harry S. Truman, quien habría ordenado clasificar el informe de la declaración completa del almirante como Alto Secreto. Sin embargo, Byrd, a pesar de acatar las órdenes, habría hecho veladas referencias a su aventura en entrevistas concedidas a varios periodistas. Si estas entradas en los polos a un mundo intraterrestre existieran realmente, ¿cómo es que no han sido fotografiadas por los numerosos satélites que registran todos y cada uno de los recovecos del planeta? Ray Palmer, uno de los primeros investigadores y reporteros especializados en el fenómeno OVNI de EE UU y director de la mítica revista Flying Saucers, publicó en los meses de junio y julio de 1970 unas fotografías que a día de hoy siguen creando controversia. Habían sido tomadas el 23 de noviembre de 1968 por el satélite ESSA-7 de la NASA, mientras sobrevolaba el Polo Norte. En las imágenes destacaba un «punto ciego» muy amplio. La capa de hielo se perdía en una hondonada similar a una inmensa entrada, la misma que aparecía en otra toma de la misma zona, obtenida en diferentes condiciones el 6 de enero de 1967 por el satélite ESSA-3.
JÚPITER Y SATURNO
La NASA argumentó que la instantánea era una composición de imágenes en diferentes momentos del día en el hemisferio norte, pero la opinión pública comenzó a desconfiar de las explicaciones oficiales. Los detractores de la anomalía fotográfica exponían que, de ser cierta la teoría del sol central, debería haberse visto un disco anular en la negra oquedad de la toma. Los defensores apuntaron que la corteza estaba demasiado lejos como para poder apreciarlo. A esto habría que sumarle la circunstancia de que la NASA se habría encarga do de censurar la fotografía para no tener que ofrecer explicaciones sobre el tema.
Sea como fuere, lo cierto es que esto mismo ocurre en algunas de las imágenes tomadas de los gigantes gaseosos Júpiter y Saturno. La sonda espacial Cassini ha revelado detalles de posibles entradas polares, similares a las que se habrían fotografiado en la Tierra. Por ejemplo, en la toma con número de serie PIA07784, correspondiente al gran planeta de la mancha roja, se observa una censura similar a la encontrada en las fotos obtenidas en los años 60 y 70 por los satélites ESSA-3 y ESSA-7. La diferencia es que en las tomas de Júpiter sí son visibles los rayos de luz de ese supuesto sol central.
Como en muchos otros asuntos, el enigma de la Tierra hueca continúa entusiasmando a muchos aficionados al mundo del misterio, y siempre genera controversia entre defensores y negadores. Ahora bien, no hay duda de que desconocemos prácticamente todo sobre los misterios que ocultan las profundidades de nuestro planeta. Con toda seguridad, en un futuro, investigaciones científicas sobre este asunto aportarán grandes sorpresas.